En los Ojos de James Dean

Relato Corto: En Los ojos de James Dean. Ciencia Ficción. Drama. 

Amelia no soñó nada esa noche. Se despertó en su cama, aunque ni siquiera tenía claro como había llegado allí. Y cuando lo hizo, le faltó el aire.

Su mente cobró consciencia en la oscuridad. El mareo no mató a la reflexión, con la cara bajo las sábanas, y a diferencia de lo que pudiera parecer, la dificultad de respirar le transmitió paz.

—¡Buenos días, nena! ¿Has dormido bien?

Ella no respondió. Se guareció entre las sábanas, como antaño hizo para evadir a los monstruos que depredaban en su imaginación. Protegida por una tela más poderosa que garras y colmillos; pero no más que la realidad.

—El tiempo para hoy estará despejado. Tengo prevista una alarma para las 11:30AM. Hoy es el gran día.

Amelia bufó. Sacó la cabeza. Un joven James Dean se sentaba a los pies de su cama. Con aire informal; una pierna doblada bajo su trasero y la otra extendida. Su cuerpo no arrugaba la tela, ni pesaba sobre el colchón ¿Cómo podría? La sonrisa ladina celebraba un nuevo día, sin poder ocultar su vacía mirada.

Las IAs holográficas producían esa sensación. La personalidad y el cuerpo podrían parecer reales, aunque solo hacía falta mirar a los ojos para descubrir la ausencia de cualquier brillo. Tal vez fueran los pequeños cambios en su carácter, ajustes de software, para evitar que la personalidad utilizara expresiones políticamente incorrectas o alejadas del control parental.

O tal vez fuera una decisión de los ingenieros: para que la gente no olvidara que no eran humanos.

—Pareces cansada. ¿Te quedaste hasta tarde viendo, por fin, alguna de mis pelis?

Amelia bufó.

—Muy gracioso, James. Baja la voz. La resaca me está matando.

El holograma soltó una carcajada.

—Una chica de diecisiete años levantándose con resaca debería ser motivo de alegría —adoptó una expresión seria — ¿Cómo fue? ¿Fue bonito?

Y lo fue, pero no quería hablar de ello.

—¿Está el baño ocupado, James?

El holograma se quedó pensativo. Luego sonrió de nuevo.

—Tu hermano está dentro. Ya le he avisado. Estará libre para ti en unos minutos.

Era todo lo que necesitaba.

Amelia se levantó de la cama. Dejó allí al fantasma tecnológico de un actor que jamás conoció, y que adoptaba la imagen y personalidad de uno de los gustos arcaicos de su padre; probablemente heredados de su abuelo.

Abrió la ventana y se asomó. Su piso estaba en lo alto. El doce en un edificio de quince plantas. Aquello le permitía admirar mejor el contexto de su mundo.

Como James anunció, hacía un buen día. Demasiado perfecto. Solo algunas osadas nubecillas le tapaban las vergüenzas al cielo. Algún dron que otro, camuflado entre los pájaros, y vigilando el vecindario. También divisó los edificios colindantes. El sol se reflejaba en los paneles de las fachadas. Áreas verticales en donde el astro relegaba su energía para el disfrute de los habitantes. El blanco del yeso se ocultaba por los cristales espejados, que también camuflaban la majadería de cables que transmitían la corriente. Una piel de plata rellena de venas negras.

También vio el parque. Vacío. Nadie paseaba entre los constructos con forma de árbol que oxigenaban la zona. Tampoco había niños cerca de los columpios. No había amantes declarándose amor eterno sobre el césped, modificado genéticamente para conseguir un color más verde, y hacer su fisionomía más elástica; cómoda para quien deseara tumbarse.

Vacío como los ojos de James Dean.

Estiró el brazo por la ventana, hacia el exterior. Se elevó sobre la puntera de los pies para coger impulso. Coló la mano tras una placa cercana, entre los cables. Allí encontró su pequeño tesoro, oculto de miradas indiscretas. A la cajetilla aún le quedaban cinco cigarros, pero ella solo necesitaba uno. Lo extrajo y escondió el paquete de nuevo en el cableado.

Se llevó el cigarro a la boca. El filtro estaba seco, con cierto sabor a moho. Arrancó la tira del cabezal del pitillo y este se encendió.

La calada le supo a gloria.

De mientras, miraba el horizonte de la ciudad. Los edificios de plata. Los holo-anuncios encima de las fachadas. La algarabía de coches bloqueaba las carreteras. El atasco de buenos días que iniciaba la rutina de la urbe.

—Amelia, sabes que eso es malo para tu salud.

Dijo el actor detrás de ella, aún sentado sobre la cama.

Ella no se giró. ¿Para qué? Mientras seguía, inexpresiva, oteando un futuro vacío, dijo:

—Vete a la mierda, James.

Y le dio otra calada.

                                           * * *

Cuando terminó, entro al cuarto de baño.

Como de costumbre a Bern se le había olvidado levantar la tapa. Unas gotillas ocres se esparcían por la cerámica. Molesta, agarró algo de papel higiénico para limpiarlas. Luego orinó. Hizo de vientre. Se regaló unos segundos de más para la reflexión. Sobre el día que le esperaba.

Se levantó antes de que se le durmieran los glúteos. Se acercó hasta el espejo y admiró su cara. Aún tenía el maquillaje de la noche anterior, y el rímel se había corrido. Formaban líneas sobre sus mejillas. El cauce ahora seco de unas lágrimas.

Trató de cepillarse los dientes; matar el sabor a alcohol rancio. Agarró su cepillo. Mojó las hebras con el agua del grifo y lo introdujo en el hueco del dispensador; un saliente adherido a la pared. El sensor notó la solidez del objeto y comenzó a funcionar. Soltó un soplido, no hizo nada. No quedaba dentífrico.

Amelia blasfemó en voz alta mientras salía del baño.

—Joder ¡Bern! —Llamó Amelia a gritos —¡¿Te has acabado toda la pasta de dientes?!

—¡Yo no he sido!

La voz del niño se amortiguó entre los pasillos del domicilio. Por la distancia, la situó en la cocina. Amelia caminó hacia allí, con el cepillo aún en la mano.

En el interior el pequeño estaba sentado junto a la mesa. Sus piernas apenas tocaban el suelo. Se acicalaba el pelo, fingiendo estar demasiado ocupado como para prestar atención a unos cereales distintos a los habituales, y que no quería comerse.

Marié, su madre, se sentaba al otro extremo; concentrada en la tableta digital que apoyaba sobre la mesa; leyendo sobre las noticias del Patrón. Las del día, y de los días siguientes.

—Tranquila, Amelia. James ¿Puedes encargar un pedido de pasta de dientes?

El holograma se apareció en el cuarto.

—¿La misma marca de siempre, Marié?

La madre asintió. James Dean desapareció.

Amelia bufó. Fulminó con su mirada a Bern. Este giró la cara, incapaz de aguantar el brillo asesino de los ojos de su hermana.

—Deja en paz a tu hermano, Amelia. Mañana habrá más pasta de dientes.

—Estás de coña ¿Verdad, mama?

Marie se mordió el labio inferior. Levantó la vista de su tableta. Trató de cambiar de tema.

—¿Qué tal anoche? Por lo que pude escuchar, llegaste tarde.

Amelia se sentó. Ahora era ella quien quería desviar la atención.

—Estuvo bien.

—¿Solo bien? —Marié sonrió escéptica —. ¡No todos pueden vivir su propio entierro!

Bern agarró la cucharilla. Removió los cereales mientras se sujetaba la cabeza con el brazo libre, hincando el codo en la mesa. La levantaba y la volteaba. La leche caía en cascada de vuelta al plato.

Cualquier cosa le parecía bien menos comérselos.

—No fue nada del otro mundo —mintió Amelia mientras miraba a su hermano.

—¿Seguro? Fueron todos tus amigos. La prima Sofía me contó que dijeron cosas preciosas sobre ti. Y que te pasaste con la bebida.

Amelia fue a contestar algo. Pero viéndose incapaz de esbozar nada más elocuente que un gruñido, decidió callar.

—¿Yo podré vivir mi propio entierro? —preguntó Bern.

Marié rio.

—No, mi niño. Tu hermana tiene mucha suerte de ser nombrada en el Patrón.

Amelia se levantó para marcharse. Lo hizo con delicadeza, pero sin poder ocultar cierta ansiedad. Antes de que se fuera, Marié le agarró del brazo.

—Vístete, cariño. Recuerda que hoy tienes que coger el tren de las doce y media. Tienes que ser puntual. Vendrán a recogerte para llevarte.

La muchacha la miró. Impasible. Pero los ojos verdes de su madre solo reflejaban una urgencia vital; ninguna de las reacciones que esperaba de su madre.

­—Si no va, ¿será como Olsink? ­—preguntó el niño.

Marié reculó al escuchar ese nombre.

—¡Bern! ¡No digas cosas tan horribles! ¡Y cómete los cereales!

Suficiente.

Amelia aprovechó para salir de la cocina. Sus pasos ganaron distancia en cada zancada mientras se alejaba.

Volvió a su cuarto.

Rompió a llorar.

                                                   * * *

El holograma de James Dean apareció a las once y media de la mañana. Lo hizo justo cuando Amelia volvía a dejar el paquete de tabaco entre el cableado de la fachada.

—11:30, nena.

Amelia se sorbió los mocos. Le escocían los ojos de llorar. Le dolían las manos de escribir.

—Tengo una pregunta, James. ¿Qué opinas del Patrón?

James sonrió. Siempre ponía esa expresión de felicidad boba cuando le hacían mirar en su base de datos.

—Se dictaminó en 2027 por el ganador del premio Nobel de física Yamir Geth. La previsión de eventos futuros siguiendo el patrón que delimita la ecuación de la entropía ocasionada por…

­—¡Basta, James! —Amelia interrumpió —Sé lo que es. Lo hemos estudiado todos desde el jardín de infancia. Te pregunto ¿Qué opinas?

James perdió su sonrisa. No entendía la pregunta. Amelia continuó:

—¿Qué opinaría el gran James Dean del concepto del Patrón? ¿Qué opinaría un puto actor de hace cien años sobre ello?

—Se dictaminó en 2027 por el ganador del Premio Nobel de física Yamir…

—Vete a la mierda, James.

                                               * * *

Su madre le pidió a James que marcara el uniforme escolar gastado para que Amelia fuera a la universidad.

Pero ella tenía otros planes.

Primero agarró su traje de gala. Un vestido de una pieza de color rojo. El mismo con el que fue a su graduación. Le estaba estrecho. Le estiraba donde la cintura. No le importó.

Luego, y por encima, un viejo suéter de lana que le cosió su abuela antes de morir.

La falda del vestido asomaba por debajo, con un elegante corte por la rodilla izquierda. Debajo se colocó un desgastado pantalón corto. El mismo con el que fue a la casa de la familia de Bernice el verano del 67. Lo llevaba puesto la noche que pasaron hablando de todo y nada; ya lamentarían la mañana siguiente cuando el sueño apenas las permitiera cuidar de sus hermanos al bañarse en el lago.

Por último, unos gruesos calcetines con conejitos bordados. Los mismos con los que se pasaba, las noches más frías de invierno, leyendo; acurrucada en una manta.

Se miró en el espejo. Estaba espantosa, y aquello le sacó una sonrisa.

James Dean volvió a aparecerse.

­—Tu coche está llegando.

Amelia asintió.

                                               * * *

Cuando Amelia salió al salón, su madre estaba absorta en un programa de la televisión. El panel retransmitía un reportaje interactivo sobre el evento del Patrón. Tosió para llamar la atención de Marié.

—¡Cariño! ¡Sales en la tele! —expresó henchida de orgullo.

Señaló con el dedo el menú de “implicados” y la muchacha admiró su propia reproducción 3D, junto a la de otros setenta y seis desconocidos.

«Damos hoy gracias a los setenta y siete valientes que morirán en el accidente del tren a las 12 y 30. Falta apenas unos diecisiete minutos para el evento fijo de esta centuria. El Patrón se mantendrá estable y permitirá a los científicos…»

Marié bajó el volumen del televisor al fijarse en su hija. Su expresión se transmutó en la definición gráfica de la crítica.

—Amelia ¿Vas a ir así?

Amelia sonrió.

—¿No voy preciosa?

La madre negó con la cabeza, pero no parecía ser una respuesta; más bien una querella interna.

—Cariño. Pero si te encanta ese vestido…

Amelia ensanchó su sonrisa.

—Y cuando recojan mi cadáver, seguiré estando preciosa.

                                      * * *

La discusión las agotó a ambas. Amelia no iba a ceder. Acabaron cada una en un cuarto. Su madre en el salón. Ella en la cocina.

A las doce y cuarto James se apareció. El holograma mostraba una expresión solemne.

—Están abajo.

Amelia asintió.

—¿Sabes dónde está mi padre?

—Ha ido a comprar una tarta para mañana. De fresa. Como te gusta.

La muchacha apretó los puños.

—¿Estás enfadada?

No respondió. Le miró los ojos opacos y vacíos; de empatía, de humanidad. Le pidió que se fuera, y el holograma obedeció.

Luego buscó a su hermano. Lo encontró en su cuarto, jugando con unos muñecos, inmerso tras unas gafas de realidad aumentada.

Le dio un abrazo, y se marchó de casa sin despedirse de su madre.

                                      * * *

En la calle, lo que esperaba que fuera un coche oficial, resultó en una basta comitiva. Coches policiales y jeeps del ejército escoltaban la limusina negra, que con la bandera de la nación sobre el capó delantero, la llevarían al momento de su muerte.

Los policías dentro de los coches. Los soldados, en las puertas del jeep, la siguieron con la mirada tras sus visores de HUD. Tal vez midieran su estado nervioso, y a Amelia aquella exagerada muestra de seguridad no le pareció raro. En realidad, estaba acostumbrada desde que tenía memoria. Ningún país quería cometer la osadía de que el implicado en el evento escapara. Nadie quería un nuevo Olsink; un nombre que los niños estudiaban en clase de historia.

Amelia había estado muy vigilada desde pequeña, cuando los científicos de las naciones unidas ratificaron que en el 2070 se daría la siguiente eventualidad fija, y que ella estaría implicada. Un accidente de tren que no podría ser, ni cambiado, ni aplazado.

No, si querían mantener el Patrón.

Y el gobierno se hizo cargo de Amelia y de su familia; de sus gastos, de la manutención, de sus caprichos y de sus estudios. El gobierno cubría, incluso, los seguros médicos más caros y vanguardistas para asegurar que el sujeto llegaba sano al matadero. Y esta generosidad seguiría estando tras la eventualidad. Todo esto sin contar lo que debieron gastarse en vigilancia para asegurar que el sujeto y la familia ponían de su parte.

Un bajo precio económico para las ganancias que, el gobierno, podría obtener gracias a la previsión de un Patrón que se mantenía. Y un preció aún mayor en lo moral, gracias a las vidas que se podrían salvar.

Al final todo se resumía en eso ¿No? En hacer lo correcto. Sin pensar. Simplemente, hacerlo.

Amelia entró en la limusina. Un alto cargo del gobierno salió para abrirle la puerta. Ella no le devolvió la sonrisa.

El coche arrancó, y con él, la comitiva de fuerzas policiales y militares; protegiendo la marcha.

Se convertió en el ojo de un desfile. La gente acudió de todo el país. Aprovechaban las avenidas para agolparse en las aceras. Algunos con pancartas: «Gracias Amelia» era la frase que más se repetía, junto a otros sustantivos como «Heroína» o «Valiente». Sustantivos carentes de significado para la joven, que solo quería salir de aquel vehículo y correr.

Tal vez, aparecer junto a Hitler en los libros de historia no fuera tan malo.

No escapó. Se mantuvo rígida mientras aquel ministro le daba las gracias y le decía que era todo un honor.

Tampoco le escupió a la cara el vaso de coñac que le sirvió, aunque le habría gustado.

                                               * * *

Llegaron a la estación a las 12 y 25.

No era un lugar ajeno a ella.

Allí esperaba el tren. Las paredes de metal pulcras no ocultaban la suciedad de sus grafitis desgastados. Hasta ese momento, sus luces blancas nunca habían despertado las miradas cansadas de sus viajeros, perdidas en que ocupar la mente mientras aguantaban el trámite.

Y saber de su destino le otorgó, siempre, un halo de complicidad. Ambos se romperían a la vez.

Que fuera su ataúd, de una forma poética, le parecía apropiado.

No. No era nada nuevo. Era el mismo anden de siempre: con el mismo tren de las 12 y 30 que la llevaba a la ciudad para seguir sus estudios: colegio, instituto y universidad.

Solo cambiaba la policía y los medios de comunicación retransmitiendo el evento. Los pasajeros, de mientras, esperaban. Y Amelia se fijó en que cuatro de aquellos héroes de la nación, lo hacían esposados.

Fueron cinco minutos en los que la presidenta del país se acercó a las cámaras, y tras pedir un encuadre en el que se viera a los viajeros de fondo, habló a la nación.

Habló de las cuatro guerras que se evitarían. Habló de los accidentes, eventos no fijos, que se conseguirían salvar; cientos de miles de vidas. Habló de los pronósticos atmosféricos en años, que permitirían a las empresas del sector primario, y de todos los tamaños, aumentar los beneficios. Y habló de como gracias al científico Yamir Geth, consiguió erradicarse el hambre y la pobreza en el mundo en tan solo veinte años. Sin contar la evolución tecnológica, a nivel médico y de bienestar común, que trajo la predicción de eventos futuros. Algo que dejaba en pañales la revolución industrial del siglo XIX.

—Los científicos prevén que, entre este y el siguiente evento fijo, pase más de una centuria. Y casi un siglo con el que le preceda. Estos héroes que, detrás de mí, nos regalan con su sacrificio una prosperidad. Una con la que el ser humano no pudo imaginar a lo largo de toda su historia.

Amelia, con su ridícula vestimenta, no pudo evitar pensar en las tribus que ofrecían sacrificios al dios de la cosecha.

La presidenta no había terminado su discurso, cuando Amelia vio a los funcionarios que se colocaban en las entradas de los vagones.

«Ya es la hora»

Como todos los días desde hace un año, aguardó paciente su momento para entrar. Solo difiere que nadie le pide un billete, y los funcionarios ofrecen una pastilla antes de subir.

—Para que no duela —dicen con solemnidad.

—Que te jodan, James —respondió ella antes de cogerla.

Entró al vagón. En sus paredes internas, la pintura no ocultaba del todo uno de los grafitis, donde alguien había escrito «Caronte» en letras urbanas. Buscó un sitio donde sentarse. El diáfano vagón apenas tenía ocupantes, y la alargada estancia se mostraba pulcramente limpia. Más que de costumbre. Se sentó junto a un padre y su hija. Vio como este le daba a la pequeña su pastilla, y también la de él.

—No te preocupes, cielo. Duérmete —dijo el hombre.

Amelia echa a llorar.

El tren se cierra. Los militares soldaron las puertas.

El tren arrancó y la voz de la megafonía dicta el nombre de la siguiente estación; a la que el tren jamás llegará.

Suena el himno de la nación, y Amelia descubre que no es la única pasajera que rompe a llorar.

Desde los cristales blindados ve como algunos drones siguen la marcha del tren.

Se le cruza un pensamiento.

«Raro es el día en el que nadie quiera que las ratas escapen del barco».

                                                         * * *

Cuando al día siguiente Amelia despertó, se sintió confundida. Lo hizo en una sala de hospital, y un médico le hace preguntas de rutina.

Le preguntó el año en el que están.

Le preguntó cuántos dedos tiene levantados.

Le preguntó su nombre, el apellido, y el de la presidenta actual del país.

Amelia respondió, y por la sonrisa del médico, lo hizo en cada una de forma correcta.

Cuando él terminó, le tocó el turno a ella. Solo le interesa una pregunta:

—¿Ha terminado ya?

El médico asintió. Ella echó todo el aire en un suspiro de alivio.

                                                         * * *

Amelia volvió a su casa el día siguiente al accidente. Lo hizo con una sonrisa en la cara.

La recibieron sus padres y su hermano. Las paredes estaban decoradas para la celebración, y al poco tiempo, James Dean anunció la llegada de los invitados; algunos amigos íntimos y familiares cercanos.

—Estoy orgullosa de ti, mi vida —le dijo su madre.

Y Amelia lloró de alegría.

Porque todo había acabado. Se acabó esperar a la muerte, con los dígitos de una fecha formando la soga. La incertidumbre se convierte en un regalo precioso, el más hermoso que jamás le han dado.

Su padre se le acercó con un paquete.

—De fresa ¡Tu favorita!

Desplegó el envoltorio con cuidado. Amelia sonrió al ver la tarta. Su nombre dibujado con crema de chocolate en lo alto del fondant rosado que recubría la bizcocho.

Fue Bern quien en un momento de intimidad, y con esa crueldad inocente de los niños, le preguntó muy bajito y en confidencia.

—¿Te dolió?

Amelía rio, sorprendida por la pregunta.

—¿Cómo quieres que lo recuerde? Sabes que no puedo.

Y la respuesta dejó al pequeño con otras preguntas, pero al poco partieron la tarta, y sus dudas no pudieron evadir el azúcar, junto al buen ambiente que se respiraba a medida que avanzaba la fiesta.

                                                         * * *

Bernice le dijo de salir a celebrarlo. A Amelia le pareció una idea fantástica.

A fin de cuentas, ¿Cuántas personas tienen la posibilidad de renacer?

Acordaron una hora, y Bernice comentó sobre una fiesta que harían en un pub cercano, en conmemoración a los héroes del evento fijo. El dueño, probablemente, ordenaría al droide de distribución que les dejara beber gratis toda la noche.

—¡Seguro que me dejan elegir la música del garito! —dijo Amelia a carcajadas — ¿Quién podría negarle nada a una heroína del evento?

Bernice prometió que, de camino, elegirían la música más rara y cacofónica que se les pudiera ocurrir. La simple idea de imaginar a todos lo del local escuchando histriónicas horteradas; bailando perplejos al son de, tal vez, gritos tribales o berridos estridentes; les hizo reír hasta que las mejillas dolieron.

Acordaron la hora. Bernice se fue a casa a prepararse.

Amelia hizo lo suyo y se metió en el baño.

Puso los ojos en blanco. Sobre el retrete había gotitas de meada. Bern había olvidado, por enésima vez, levantar la tapa. Pero estaba de buen humor y no dijo nada. Se duchó a una temperatura agradable. Incluso le pidió a James Dean que pusiera algo de música alegre con la que mejorar aún más su ánimo.

Luego se cepilló los dientes y, en su nueva lengua, la pasta le escoció más de lo que recordaba. Se enjuagó la boca, y fue a vestirse.

El primer golpe vino cuando abrió su armario. Descubrió que le faltaba ropa.

Su vestido favorito, el jersey de su abuela, unos pantalones cortos y sus calcetines de estar por casa.

Primero preguntó a James si se estaban lavando, y ante la negativa del asistente, preguntó a su familia.

—Lo siento, cielo —respondió la madre —Te lo llevaste al evento fijo.

Amelia parpadeó.

­—¡¿Estás de coña?! —rugió enfadada — ¡¿Cómo se lo permitiste?!

—Lo intenté, cielo…. Pero estaba… estabas… muy alterada.

Amelia se maldijo así misma varias veces. Luego volvió a su cuarto, cerrando de un portazo.

Se calmó. No era para tanto. Solo eran objetos. No eran para tanto.

Rebuscó entre su armario. Encontró ropa con la que se sintió a gusto, y tras mirarse en el espejo, llamó al asistente para pedir opinión.

—Estás de cine, nena —repuso James Dean con su tono más galán —¿Vas a pasarlo bien esta noche?

—Voy a quemar la ciudad —respondió ella.

Él sonrió bobaliconamente mientras buscaba, en su bando de datos, alguna frase célebre de su personalidad.

—Hay que vivir deprisa. La muerte llega pronto.

Pero aquella frase no tuvo el efecto deseado.

Dejó de sonreír.

James Dean aún esbozaba su sonrisa sin entender el mal de sus palabras; con la mirada opaca y carente de cualquier tipo de empatía.

—Vete a la mierda, James.

El holograma hizo una escueta reverencia, y desapareció.

El mal humor volvió a pegarle. Decidió darse un pequeño lujo antes de salir de casa.

Espero… Deseó que aún quedara alguno.

Al menos quedaban cinco, antes del volcado de memoria.

Sacó el brazo por la ventana, estirándolo hasta introducir la mano en el cableado oculto tras los paneles solares. Sacó la cajetilla.

—Bingo —exclamó animada.

Quedaba un cigarro.

Y al abrir el paquete descubrió algo más. Un folio pulcramente plegado dentro del cartón.

Lo abrió. Extrajo la tira del pitillo. Dio la primera calada mientras leía.

La mayor parte una algarabía sin sentido. Muchos párrafos tachados. Más texto, escrito demasiado rápido y casi ilegible. Dibujos también. Y en verso, un poema:

«Yo, que morí joven.

Tú, que nacerás adulta.

Yo, que vine de la carne.

Tú, que viniste de la mía.

Yo, que viví mi historia.

Tú, ladrona de mis recuerdos.

Yo, llena de miedo.

Tú, vacía del todo,

en los ojos de James Dean te reflejas”